La pandemia como portunidad

Enviado por cmarquesanm el Sáb, 12/09/2020 - 11:49
Pandemia
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Pandemias hubo muchas en la historia: la peste negra en 1348, la gripe española en 1918, el SARS (2002), el Ébola (2014), y ahora el covid-19. Mas, nunca un estado de excepción en una especie de Leviatán sanitario. Confinamiento obligatorio, cierre de fronteras, controles internos, paradigma de la seguridad, aislamiento y distanciamiento social. Todo nos recuerda el film Contagio de Steven Goderbergh.

Además, los defensores de ayer de la reducción del Estado hoy exigen su intervención. De nuevo Keynes. Se ha producido el retorno del Estado social. Las medidas de algunos países van en esa dirección, como en España con ERTE, ayudas a autónomos, ingreso mínimo vital, etc. Una pregunta es inevitable: ¿hasta dónde pueden los Estados asumir esas políticas sociales? Es cierto que a España vendrán ayudas cuantiosas de la UE, pero nunca suficientes para hacer frente a todas las secuelas sociales y económicas presentes y futuras. E imprevisibles. Hay planteamientos políticos distintos sobre el destino de esas ayudas para salir de la crisis. Las opciones del PP-Vox-Cs no son las del Gobierno de coalición y de los partidos que lo invistieron. Aquellas remiten a las puestas en marcha ante la crisis del 2008; estas, de momento, son novedosas y solidarias.

Las crisis nos pueden (deberían) servir de aprendizaje para no repetir los mismos errores. La pandemia ha puesto de manifiesto la gravedad de las desigualdades sociales y la enorme tendencia a la concentración de la riqueza que existe en el planeta, no solo antes y también ahora mismo. El patrimonio de Jeff Bezos aumentó en unos 33.000 millones de dólares entre marzo y abril, ya que su empresa Amazon fue una vía fundamental para la entrega de alimentos y suministros de las familias confinadas.

Fijémonos en la crisis de 2008. A nivel social y a escala mundial, la reconfiguración fue regresiva e injusta socialmente. Se adujo que la economía se recuperó, pero el 1% de los más ricos creció y la brecha de la desigualdad. De ahí, Occupy Wall Street, en 2011, cuyo lema era «Somos el 99%». Millones de personas perdieron sus casas, quedaron sobreendeudados y sin empleo. Los planes de ajuste en salud y educación se expandieron globalmente. ¿Tales recortes sanitarios cuánto han obstaculizado la lucha contra el Covid19? Y trajo secuelas políticas: los Trump, Bolsonaro, Salvini, Johnson... Estas políticas, que incrementaron la concentración de la riqueza y el neoliberalismo depredador, deberían servir hoy como un contraejemplo convincente para apelar a propuestas innovadoras y democráticas que apunten a la igualdad y la solidaridad. Los de arriba deberían ser esta vez solidarios, sino por convicción, al menos por precaución. Si seguimos profundizando las desigualdades, vamos inexorablemente a un colapso civilizatorio, a un capitalismo del caos.

Se ha producido un discurso bélico que oculta las causas medioambientales. El enemigo no es el virus en sí mismo, sino aquello que lo ha causado: la globalización depredadora y la relación instaurada entre capitalismo y naturaleza. Es cierto que las causas medioambientales circulan por las redes y los medios, mas no entran suficientemente en la agenda política. Se usan metáforas bélicas, como una nueva Segunda Guerra Mundial en los discursos, desde Macron, Merkel, Trump y Sánchez. Este lenguaje bélico puede fomentar la cohesión de una sociedad frente al miedo del contagio y de la muerte, «cerrando filas ante el enemigo común», pero no contribuye a entender la raíz del problema, sino más bien a ocultarlo, además de normalizar y justificar el control social sobre aquellos sectores considerados más problemáticos (pobres, inmigrantes, contagiados…). Hay causas que explican los virus infecciosos expandidos globalmente en las últimas décadas. La principal es la cría industrial y masiva de animales, especialmente pollos, pavos, cerdos y vacas. Todas las pandemias recientes –con excepción del HIV– están asociadas a un origen animal. Para Enrique Dussel, hoy, la madre naturaleza se ha rebelado y nos interpela: ¡o me respetas o te aniquilo!

Debemos ver la pandemia como una oportunidad, para abandonar un mundo y entrar en otro, cuyos perfiles todavía no están definidos, pero que se basa en una agenda de cambio para construir una sociedad más resiliente, solidaria y democrática. Se trata, según la socióloga argentina Maristella Svampa «de una articulación entre la justicia social, la justicia ambiental y la sostenibilidad de la vida». Así, la postpandemia podría traer una valorización de los cuidados en todas las dimensiones de la vida: en cuanto al reparto igualitario de las tareas domésticas, el cuidado de los ecosistemas, de los territorios, de la agricultura, de la salud, educación, el trabajo asalariado y el cuidado en relación a los seres dependientes (niños, ancianos, enfermos, etc.). Las crisis también sirven para despertar conciencias dormidas. Walter Benjamin dijo que el capitalismo nos durmió y que para entender lo que nos pasa necesitamos despertarnos. Hay que recuperar el insomnio como herramienta de concienciación. Despiertos podremos superar el fatalismo o la inacción y hacer posible aquello que hasta hace poco parecía una utopía. Ahí van esas «supuestas» utopías: reformas fiscales progresivas, acabar con los infiernos fiscales, reparto del trabajo, renta básica universal, etc.